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Labruna, Passarella, Alonso, J.J. López y Francescoli, cinco anécdotas del Superclásico

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Si algo tiene el Superclásico del fútbol argentino es cientos y cientos de anécdotas. Un libro muy recomendable para todo hincha de River Plate es el de Alfredo Luis Di Salvo «River, Anécdotas del Superclásico: Historias de una pasión millonaria» del que extraemos estas cinco.

Ángel Amadeo Labruna: «Los bosteros me hicieron millonario»

«Los premios que cobrábamos eran una locura para mí: ciento sesenta pesos por ganar de vi sitante, más diez por diferencia de gol, suma ban un total de ciento setenta, una verdadera fortuna. Luego del triunfo contra Boca en el Gasómetro, en 1939, cuando llegamos al vestuario entró Antonio Liberti eufórico por la victoria y nos dijo: ‘Muchachos, mañana pasen por tesorería que además del premio tendrán otro especial de quinientos pesos’. ¡Eran seis cientos setenta mangos! Casi nos morimos todos. Ahí mismo, de la alegría que tenía llamé a mis compañeros y les dije: No sean boludos, si me dan bola los voy a llenar de guita…

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«Al día siguiente fui a la calle Almirante Brown a retirar el sobre de la secretaría y se lo llevé corriendo a mi vieja. Era tanta plata que no lo podíamos creer. Mi mamá con eso compró un juego de dormitorio, uno de comedor y otro de living. Todo por hacerle un gol a los bosteros… ¡Con ellos me hice millonario!»

Daniel Alberto Passarella: Debuté contra Boca

«Después de mucho esfuerzo y sacrificio en los entrenamientos, Pipo me hizo de butar en un Superclásico en Mar del Plata, en el verano de 1974. Recuerdo que me llamó y me dijo:

-¿Pibe se anima a jugar contra Boca? -Yo sí. Hay que ver si usted se anima a ponerme…

«Escuché que Pipo, por lo bajo, mirando a Raúl Hernández le decía:

-¡Éste sí que es de los míos; tiene pelotas!

«Entré a la cancha súper motivado. Me tocó marcar a Mané Ponce, a quien ya conocía de jugar contra él en un partido entre Sarmiento de Junín y la Selección. Fue un encuentro previo a la participación de la Argentina en la Copa del Mundo. Antes de ingresar al campo de juego, me alentó el Heber Mastrángelo:

-Daniel, jugá como vos sabés que estos son todos troncos…

«Pisé el césped riéndome. Fue mi primer partido con la camiseta de River y contra Boca. ¡Un lindo desafío!»

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Juan José López: Siempre el primero, resulta imborrable

«Cuando se acerca un Superclásico siempre tengo muy presente el primero que jugué en Primera. Fue en la Bombonera, un sábado de noviembre de 1970. A pesar de que empatamos cero a cero, para mí representó un enfrentamiento imborrable. Confrontar con los grandes de Boca, como Roma, Silvio Marzolini -un jugador exquisito que siempre ad miré-, el Negro Meléndez, Rojitas, que fue un monstruo. En fin, los conocía por las figuritas y ese día los enfrenté por los puntos. Resultó muy gratificante y un episodio por demás emotivo»

Aquel gol a Boca…

Enzo Francescoli: River estaba en mis oraciones

«En noviembre de ese mismo año nos volvimos a encontrar en el Monumental. Creo que en ese clásico empecé a ganarme el afecto de la gente de River. Ganamos 4 a 1, con dos goles de Alonso y dos míos, de penal. El Bambino había formado un gran equipo, con un mediocampo de lujo: Alfaro, Héctor Enrique, Gallego y Alonso. Soy muy cató lico, me crié en un colegio salesiano y mis diálogos con Dios son muy particulares. Pocas veces le pedí por el fútbol y más bien le agradecí. Pero cuando pateé el primer penal, miré hacia arriba y dije: ‘Hacé que no falle’. Gracias a Dios fue adentro. Era muy importante marcar ese tanto, asegurábamos la victoria.»

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Norberto Alonso: La máxima emoción

«Los Superclásicos representaron siempre encuentros que paralizan todo un país. Eran muy significativos para nuestra carrera y los tomábamos con un respeto tremendo. Tuvimos un 5 a 4 maravilloso en cancha de Vélez, ganamos dos veces 3 a 1, la noche del 2 a 1, impresionante, en cancha de Boca. El 3 a 1 que siempre recuerdo fue el de aquel equipo de River formado por pibes contra profesionales consagrados de Boca. En ese encuentro en cancha de Racing hice una jugada inolvidable: agarré la pelota en la mitad de cancha y la levanté con el empeine, rodilla, muslo y cabeza, la llevaba sin hacerla picar. Creo que llegué así hasta cerca del área grande. Mis compañeros me que rían matar, pensaron que estaba cargando a los rivales y la verdad me dio ganas de hacerlo porque yo sentía el fútbol de esa forma; cuando podía trataba de divertirme. Había convertido contra Huracán un gol parecido, el día que cumplía diez años en primera. La pelota siempre fue mi novia.»

  

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